jueves, 31 de mayo de 2012

MÓNICA RUSSOMANNO, escritora, poeta, profesora de Artes Plásticas, santafesina-argentina y Universal




PERO ES MI MADRE


     Todos los años, la profesora de literatura de la escuela de Arte realiza un encuentro entre los chicos de quinto año de la secundaria con orientación artística, y los escritores que se convocan y asisten una siesta de fin de semana, cada uno con sus razones y perplejidades para no quedarse, por ejemplo, en la cama mirando la televisión.
     Una de las actividades es previa al encuentro. Los chicos leen algunos poemas o cuentos y extrayendo una frase realizan un dibujo o una fotografía a modo de ilustración. Literales en general, algunas veces tomando erróneamente el sentido, con agudeza muchas otras veces; no olvidemos que los asistentes a una escuela con orientación artística son adolescentes bastante extraños.
     El chico explicaba su dibujo. En la tinta sobre papel, una mujer se hallaba dramáticamente atravesada por una especie de lanza. Era un cuerpo delgado en un vasto espacio blanco con líneas oblicuas, que me remitía vagamente a un insecto sobre un brazo desnudo. Había más lanzas que la que atravesaba el cuerpecito; yo pensaba en vellos erizados sobre la piel, todo mirado muy de cerca y por lo tanto irreconocible; sabemos que lo que miramos en detalle se fragmenta y desaparece, y suele ser un poco atemorizante.
     El chico, muy serio, quizás tímido o quizás cargado por esa obligación molesta de poner palabras sobre algo que nació como imagen, habló del sufrimiento. De alguna manera la mujer era su madre, las lanzas simbolizaban el sufrimiento, y esa oblicuidad venía de ser, esas lanzas, descargadas desde el cielo.
     Le pregunté, dada la inflexión religiosa del asunto, si él era creyente. “Yo no, pero es mi madre” me contestó. En el mismo momento Alfredo Di Bernardo que estaba sentado a mi lado y escuchaba la explicación realizó la misma exclamación que yo. No me acuerdo qué dijimos, pero sí que fue un momento de descubrimiento maravilloso. Una frase tan literaria, tan bella, escueta y cargada de sentido, lanzada inconscientemente en una siesta de domingo.
     Nos pusimos muy contentos con la frase. Yo no soy creyente, pero esa mujer es mi madre.
     Tratamos de explicar al chico por qué nuestro entusiasmo, pero resultó imposible, tendríamos que haber charlado sólo con él, y ponernos de acuerdo tanto Alfredo como yo sobre qué era lo impactante de esas palabras, que al adolescente no le parecieron nada interesantes.
     Yo no soy creyente… pero es mi madre. El tema de la fe, el tema de la maternidad, el tema de un cierto mandato, de un respeto a su estirpe (no dijo mamá, dijo madre y esto fue intencionalmente solemne porque lo que estaba diciendo era importante).
     Qué fue lo feliz de la frase. Me lo pregunto.
     Tuve después ocasión de charlar, en el mismo encuentro, con una chica de padres chinos, ella nacida aquí pero con la lengua trabada por un idioma que le es extraño, y padres que creen “en los budas” según dijo, aunque ella tampoco es creyente, y tampoco sabe mucho de la religión de sus mayores. Y hablé con otra chica de padres islámicos, de la religión sufí, y ella no sabe demasiado en qué creen sus padres, arrojada a la orilla de una vasta explicación del mundo y una tradición compleja como un castillo de alabastro tallado.
     Pero es mi madre, dijo el chico, y con cuatro palabras anuncia tiempos por venir en los cuales esa religión le pasará cuentas, viejas facturas impagas, le mostrará en ciertas ocasiones la cabeza debajo del agua de su piscina. Pero es mi madre. Y sus familias vivirán en ellos, les dejarán marcas y en los espejos verán quizás en veinte, en treinta años, la barbilla del abuelo o esas arrugas debajo de los ojos del tío que ya fue enterrado hace tanto.
     Pero es mi madre. Marca y mandato, una mujer para despegarse, parecerse, odiar y admirar. Como la religión en la que cada uno fue criado, como la cultura que nos cobija y nos moldea, como las creencias que son parte de lo primordial, la ética que nos pertenece o a la cual pertenecemos.
     Alfredo y yo ya pasamos los cuarenta años. La frase se escribió con rojo en el aire cuando el chico la dijo, todos los significados, toda la crudeza de un desnudo, toda la magnífica simpleza de cuatro palabras sin énfasis pero con el marco de la humanidad desangrándose, maravillándose, levantando monumentos y poniendo lápidas a partir de, por, a causa de las madres, de los mandatos, las religiones, las creencias, el hecho de ser hijos siempre y sin retorno.
     Me queda la mujer-insecto atravesada por la lanza que cae del cielo, el universo vacío y a la vez piel humana erizada, un chico moreno y serio que dijo “pero es mi madre


MÓNICA RUSSOMANNO                                                                                                                                                                            
   
e-m: russomannomonica@hotmail.com


La autora:

Mónica Graciela Russomanno nació en Santa Fe, en 1966 y es profesora en Artes Visuales.

Fue publicada en los diarios “Hoy en la Noticia”, “El Litoral”, “La Nación” de Argentina, “Ideas” de Cuba, “Xicòatl” de Austria y “Etcétera” de Zaragoza

Editada virtualmente en las publicaciones “Inventiva Social”, “Unión digital”, “La máquina de escribir”, “Página 1”( de Israel); escribe ensayos en “El Arca del Sur”.

Ha guionado los videos “El gueto de Varsovia”, el realizado por los 90 años de la radio “LT9”, así como “Relatos de Euskadi” y “El Arca del Sur”.

Fue premiada en el concurso por los 70 años de la UNL, “Nitecuento” de Editorial Mizares, el certamen de la Editorial “Nuevo Ser”, y el organizado por “Historias para el café”.

Editada en la Antología “En bandada”, participa como autora invitada en encuentros con estudiantes, y es jurado del concurso anual de cuentos juveniles de la organización “El Puente”.

En el año 2009 la Asociación Trabajadores del Estado le editó un libro de cuentos, “Historias versas y perversas” dentro de la colección Bienes Culturales.
Fue/es publicada en los Blogs:
 
"SANTA FE, MI PAIS" , 'PAGINA 1 - JOSE PIVIN' Y 'EL GALLO EN ALPARGATAS',

 

1 comentario:

Uno más del montón dijo...

Es genial, me encantó. Ahora puedo entender bien lo que causó mi frase! Sin duda los escritores tienen el don de captar momentos y verlos desde una perspectiva que mucha gente no podría!